"El arca de Noé", por Alex Laskurain, Socio de NORGESTION

D.V. Opinión

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14/11/2022

Atrapado en un reciente atasco en nuestra querida Nacional I y mientras escrutaba con deleite cada uno de los detalles de la parte trasera de un pequeño utilitario de color azul, comencé a escuchar una de esas tertulias que campan a sus anchas por nuestro espectro radiofónico. En esta ocasión, los participantes, acompañados de un experto en materia de fiscalidad, abordaban el tan manido y en general excesivamente simplificado debate del bajo tipo efectivo de tributación que soportan las empresas en sus respectivas declaraciones de Impuesto sobre Sociedades en comparación con el tipo nominal regulado en la normativa general de dicho tributo.

Como si se tratara de un tema de la complejidad de una suma aritmética de no más de dos dígitos, algunos de los presentes, a excepción del experto, compartían la perentoria necesidad de llevar a cabo una reforma fiscal integral urgente. Nada más y nada menos. Repito: una reforma fiscal integral. Ciertamente, son palabras gruesas y de difícil traducción. Convenían adicionalmente en la conveniencia de imponer un tipo efectivo mínimo general del impuesto sobre Sociedades que pusiera coto a tal suerte de supuesta amnistía fiscal.

Fue un debate breve, de apenas diez minutos de duración, desarrollado con una escasa profundidad acorde a la mencionada duración y sin reparar demasiado en los matices. Quedaron en el tintero a falta de un mayor desarrollo aspectos tan relevantes, como el hecho de que el mayor o menor tipo efectivo soportado por las empresas en su Impuesto sobre Sociedades depende principalmente de los distintos niveles de compromiso de inversión en capital, personas e I+D. Inversiones que, buscando el beneficio individual de la propia compañía, benefician en igual o mayor medida al ecosistema económico y social que las rodea.

No pude evitar que la nula sensibilidad en el tratamiento de este último aspecto, la importancia de la empresa como centro neurálgico de la privilegiada situación económica comparada en la que nos hallamos, me dejara cierto poso de preocupación. Tengo la sensación de que, situados en la atalaya que nos proporciona nuestro estado de bienestar, y pese a gozar de abundantes y distintas fuentes de información, no conseguimos sensibilizar a nuestra sociedad respecto a la importancia de la empresa como eje central de nuestra economía y nuestra sociedad. Por lo menos, no de forma contundente. Tendemos a mantener discusiones excesivamente simplistas que inevitablemente redundan en un escenario de blancos y negros, en los que se sigue conceptualizando a la empresa como un ente independiente y separado del resto del ecosistema que nos rodea en el día a día y no como el eje vertebrador de ese estado de bienestar que debemos cuidar y por el que tenemos que luchar.

Y mi preocupación se acentúa cuando, tal y como se desprende de los últimos datos macroeconómicos anunciados por las distintas instituciones y países, nos encontramos a las puertas de un diluvio económico universal. Desconocemos su duración, pero sabemos que va a requerir por parte de toda la sociedad de unas importantes dosis de sacrificio, aprendizaje, sensibilidad y resiliencia. Se impone la necesidad de la unidad de acción de los distintos agentes que conforman nuestro tejido empresarial: trabajadores, empresarios, instituciones, etc…

Asimilando la empresa a una especie de Arca de Noé compuesta por personas e instituciones de distintas sensibilidades, costumbres y pensamientos, el éxito de esta próxima misión pasa por que los distintos miembros que conformamos su “tripulación” seamos capaces de mantener constantemente a la empresa y a su misión principal en el centro. Objetivo: sobrevivir y superar con éxito la inminente tormenta económica que se avecina. Debemos sentir el proyecto como propio y también como compartido, e interiorizar que el buen fin colectivo nos permitirá mantener e incluso intentar mejorar nuestro actual statu quo como sociedad. Es hora de recentrar y resaltar la importancia del tejido empresarial que nos rodea y del que formamos parte. Se trata de un ecosistema sensible y a su vez vital, que como el corazón humano es necesario cuidar para el buen funcionamiento del resto de los órganos, por el bien de todos.

En aquella embarcación bíblica, animales de distintas especies con usos y costumbres contrapuestas fueron capaces de convivir durante un largo período de tiempo con un objetivo común y superior. Hoy, o a la vuelta de la esquina, las inclemencias económicas que amenazan nuestro viaje nos obligarán a todos los que formamos parte de la empresa a dejarnos “pelos en la gatera” en forma de sacrificios personales. Necesitaremos conciliar distintas sensibilidades y reparar las grietas que puedan aparecer en el casco de nuestra nave. Pongámonos todos manos a la obra.

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